Un breve relato sobre cómo nuestras acciones de hoy pueden determinar nuestro futuro. 25 de noviembre día por la eliminación de la violencia contra la mujer.

No suelo relatar episodios de mi vida familiar en este espacio de la escuela. Hoy he decido hacerlo por lo significativo y por la relación que guarda el día que se «celebra» hoy, 25 de noviembre, con lo que voy a contar.

Podemos educar a las niñas para evitar ser violentadas y/o agredidas, pero también hay que educar a los niños para que no agredan (y viceversa). 

La cuestión, en mi opinión, es educar a los seres humanos, independientemente de su género, en la NO VIOLENCIA. 

Como en cualquier tipo de violencia el cambio empieza con la educación y el ejemplo.

Es algo que yo ya sabía. Imagino que tú también.

Y  con estos valores entre otros, tratamos de educar a nuestros hijos en casa (dos chicos)

Ayer pude experimentar la mayor evidencia de que el camino está en la educación y no podrá ser de otro modo. Y así lo siento, con más fuerza si cabe,  tras la vivencia de ayer en la clase de mi hijo de 1º de la ESO.

Como decía, en casa tenemos dos chicos y con ellos tenemos la gran responsabilidad de educarles, guiarles y orientarles para que en un futuro sean buenos ciudadanos. Como padres de varones les hablamos del género femenino, del machismo y sus distintas formas, y también del feminismo. Hablamos sobre los derechos de las unas y de los otros, de lo que significa respetar y ser respetado, del No es No y sobre todas las cosas que consideramos necesarias para que respeten y también para que se respeten a sí mismos. Esto no es así ahora que rondan la adolescencia, esto ha sido así desde que llegaron a nuestras vidas. De más pequeños con el ejemplo y de más mayores mediante la palabra.

Ayer el pequeño (ha cumplido 12 recientemente) se vio envuelto en un episodio violento en su clase de 1º de la ESO. Por lo que nos contó, un compañero estaba agrediendo verbalmente a una compañera y mi hijo salió en defensa de esta con resultado de que finalmente la agresión física la recibió mi hijo y otro compañero intervino en su defensa.

La cuestión aquí no es si era chica o chico quien recibía la agresión verbal. La cuestión es que lo que se buscaba era frenarla, evitarla, tanto mi hijo como después el compañero que intervino en su ayuda. 

La profesora encargada del grupo en ese tiempo se había ausentado unos minutos de la clase, como tantas veces puede ocurrir en un instituto o colegio. No entraré a valorar si es o no razonable dejar a los alumnos solos cuando están a tu cargo. De lo que sí estoy segura es de que en ningún momento se le pasó por la cabeza que su momentánea ausencia desencadenara un episodio así.

Cuando recibí la llamada del instituto mi primera reacción fue de preocupación, a continuación sentí rabia, incluso pensé que quizás podríamos haberlo evitado si hubiéramos escogido otro instituto. En este es en dónde están la mayoría de sus compañeros de «toda la vida» y su padre y yo tuvimos en cuenta su deseo a la hora de tomar la decisión. 

Tras un rato (a mi se me hizo bastante largo) de angustiosa espera, al fin tuvimos un tiempo en el que pudo contarme lo ocurrido. En ese momento sólo pude decirle “has sido muy valiente enfrentándote a ese chico, puedes sentirte orgulloso” Y yo pude sentir mi propio orgullo, aunque mezclado con cierto temor. 

Ya por la tarde en casa y con más calma, le animé a hablarme del chico en cuestión. Según deduzco de su relato, suele tener comportamientos disruptivos en clase y no es el primer episodio de este tipo que protagoniza este compañero. Desafortunadamente ha sufrido ya varias expulsiones del centro.

Lo más sorprendente de esto es el modo en que mi hijo contaba cómo cada día desde que comenzó el curso trata de ayudarlo a que tenga más amigos, a que se relacione con más compañeros y compañeras de una forma más positiva. Mi hijo, por sí solo, ha llegado a la conclusión de que este chico de comportamiento disruptivo y conflictivo necesita ayuda y no sabe pedirla. Y mi hijo, con toda su bondad, voluntad y buen corazón, trata de dársela a su manera desde los primeros días de curso.

Mantente alejado de él en lo posible y al margen de sus conflictos

Esa fue mi reacción de madre protectora. Madre leona.   

Y mi hijo respondió:  “Soy el único que intenta ayudarle en clase” a lo que respondí: “A veces tratamos de ayudar a personas que no saben que necesitan ayuda y la rechazan de diferentes maneras” Y a continuación me dejó muy claro que su intención seguía siendo ofrecerle ayuda (a pesar de que le había cogido por el cuello y le había “estampado”, cito textualmente)

Pienso que lo que realmente más le dolió a mi hijo es el hecho de que alguien a quien trata de ayudar le respondiera de ese modo.

La violencia tiene muchas caras y las heridas que más duelen son las que no podemos ver.

La lección ayer nos la dio mi hijo a nosotros.  

Esta noche, en ese duermevela que a veces padecemos, pensaba ¿dónde empieza un chico (o chica) a adoptar estos comportamientos? (tanto el violento como el pacificador)  

¿Dónde empieza todo? 

No me cabe ninguna duda. Todo empieza con la educación y el ejemplo.  

¿Cómo determinará esta acción su futuro?

Estoy convencida de que «mi hijo del futuro» podrá sentirse muy orgulloso de esta acción que tomó ayer.

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